El pastel de rompope y fruta con cuatro velitas encima apareció frente a mí sobre la enorme mesa del comedor, mientras todos empezaban a felicitarme sonriendo y a cantar “Las mañanitas.” De inmediato sentí una abrumadora e incontenible emoción atragantada en la garganta, la que mezclada con mi timidez de cuatro años me hizo salir corriendo . . .

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