Al ver al niño entrando a su consultorio, la doctora sonrió a la madre diciéndole, “¡qué adorable…!” La señora no supo cómo responder; el español lleno de amabilidad, aunque falto de naturalidad de la rubia y joven doctora gringa la tomaron por sorpresa. Le extrañó la palabra “adorable” dirigida a su hijo; le sonó poco familiar. Sonrió tímidamente respondiendo al cumplido, mientras el niño se aferraba a sus piernas.

Para muchos latinos, el verbo adorar…