Devotas de las botas

12/19/2013

Las he visto por doquier desde que muy temprano esperaba el aeroportero. Noté algunas en el autobús. Ya en el aeropuerto, empecé a observarlas cada vez más; primero, mientras esperaba turno en la cola para checar el vuelo. El desfile ahí fue interminable, junto al apurado ir y venir del acarreo de maletas, gritos, voces, y luego siguió en la molesta y rutinaria revisión de seguridad “no imagino todo lo que tuvieron que hacer ahí para quitárselas” y después acceder para buscar la puerta correspondiente y llegar a las salas de espera. 

Ahí, sentado con el ocio de esa otra espera única de los aeropuertos, todo ese andar de pasos usándolas las hizo más y más evidentes. Surgían por todas partes, a diestra y siniestra, de arriba a abajo, en restaurantes y cafeterías, en las tiendas de recuerdos y librerías y, por supuesto sentadas, también esperando. Las lucían de todos tipos, estilos, modelos y tamaños: cortas hasta los tobillos, largas a media pantorrilla o altas hasta las rodillas. A veces sobre el pantalón o cubriéndoles parte de la pierna, exhibiendo el resto hasta donde la falda lo permitía. Incluso, algunas ocultas bajo el pantalón o falda larga.

Estilo italiano con largas puntas y tacones altísimos, suntuosas de medio tacón, casuales con algodón o lana desbordando por la parte de arriba o sobrias y casi militares al estilo punk de los 80 abrochadas con la lengüeta sobre el tobillo. De  colores oscuros en su mayoría, negras, grises o cafés; pero de tonos llamativos también: blancas, rosas, azules. De piel o de cuero o sus imitaciones, de gamuza o incluso de plástico. Solas o en grupos enteros portándolas con orgullo o desparpajo.

¿Será moda de temporada por el frío o un ataque colectivo de seducción secreta hacia los mirones como yo? La devoción femenina por las botas sobrepasa mis expectativas. Una o dos, quizá cinco está bien, pero así, acechando cada esquina y en desfile interminable. En mi ociosa observación curiosa me dio por contar cuántas de ellas (niñas, jóvenes, maduras, viejas, ¡no importa!) las usaban, mientras esperaba abordar el avión. Seis de cada diez. 60 por ciento, ¡increíble!

Aunque muchas de ellas hayan decidido usarlas en pro de la elegancia y por el frío, habrá que agradecerles esa coquetería seductora inocultable con su caminar decidido, marcial y hasta ruidoso, resaltando la curvatura de su anatomía bien formada entallada en pantalones y faldas que terminan hasta sus embotados pies; o sentadas de piernas cruzadas apuntando con una bota al infinito, eternas devotas de las botas.  Uno es débil cuando se expone al ajetreo aburrido y a la ansiedad de un viaje tan largo.

Allá vienen otras, son cinco: una mujer madura de figura decaída por el tiempo con amplio abdomen, pero fiel a unas botas ligeras, cortas, dobladas hacia afuera; otra, de edad indefinida, más joven, un poco maltrata por la vida y botas a media pantorrilla sobre unos muy ajustados pantalones que parece le dificultan el andar y, con ellas, una jovencita adolescente de cuerpo exuberante, ropa ajustadísima y botas hasta la rodilla de tacones enormes anunciando al mundo su presencia móvil seguida de dos niñas con sus botitas sin tacones que juegan a imitarla.

Una azafata elegante, vaso de café caliente en mano, taconeando sus botas de punta hasta la rodilla, falda corta, no mucho, con un colega nervioso que observa cómo la observamos a ella y no a él. Una vieja disfrazada de joven, con botas altas de piel de leopardo con su esposo disfrazado de mafioso italiano, canoso, con lentes Ray Ban y traje beige. Dos mujeres jóvenes evidentemente conscientes de su atractivo, hablando en voz alta; una con botas altas y elegantes sobre sus ajustados jeans, la otra con un sobretodo que cubre mal las mallas negras sobre sus piernas torneadas que terminan en un par de botas de cuero oscuro de alto tacón.

Así, mi atención por las devotas de las botas me acompañó todo el viaje y hasta llegar al aeropuerto internacional de la ciudad de México; ese lugar único donde confluyen los migrantes llegados de este país, trabajadores del lugar y gente que espera, mezclada con la exclusividad de ésos que siempre han viajado en avión “ricos, artistas, políticos, gente famosa– y cuyas mujeres se esmeran ataviándose con galas excesivas de reunión de coctel. También de botas, caminaban como en desfile como si los largos corredores hubieran sido hechos sólo para ellas.

 

Victor Reyes is a translator, teacher and writer, and a native of Puebla, Mexico. An English-language version of this column will appear in next week’s edition.