Tecnología, riqueza, desigualdad y vivienda

03/20/2014

En San Rafael, hay indigentes empujando carritos de supermercado, usando audífonos y aparatos electrónicos, o chicos latinos “texteando” incansablemente o viendo videos, mientras sus padres esperan trabajo en una esquina distrayéndose con sus teléfonos móviles. Hay personas en la India sin electricidad, comunicándose por celular; niños desnutridos en Bolivia o Guatemala usando juegos de video; familias mexicanas sin comer viendo telenovelas. Los crecientes avances tecnológicos y el aumento de la desigualdad económica y la pobreza han creado esta contradicción.

Mientras se incrementa la producción de bienes y recursos en el mundo, crece la desigualdad no sólo entre países, sino entre sus habitantes. Así, la distancia entre los muy pocos que tienen cada vez más y los muchos que tienen cada vez menos es mayor. La economía globalizada crece en tecnología y servicios disponibles para vivir con bienestar, supuestamente al alcance de todos, mientras decrecen el empleo y las prestaciones y servicios que proveen los gobiernos para bienestar de sus habitantes y paliar la pobreza de los muchos que no tienen para comer.

Estados Unidos sigue siendo el país más rico y poderoso, pero el sistema económico que impone ha impulsado tal desigualdad en las últimas décadas. Los avances de la era digital de los últimos 25 años han ido a la par con la concentración de riqueza y poder en unas cuantas manos y el crecimiento del mercado bursátil, minando las conquistas de la democracia mundial que, a su vez, va en aumento. Ahora hay menos dictaduras y más gobiernos electos democráticamente, pero este avance impensable hace 40 años, con la guerra fría entre las dos potencias—Estados Unidos y la Unión Soviética—y el mundo girando a su alrededor, es disfuncional, gracias a la concentración de riqueza y la desigualdad.

Hay más oportunidades para que el mundo y sus habitantes vivan mejor, pero menos gente que puede alcanzarlas. Este laberinto no parece tener pronta solución, pues quienes podrían impulsar el cambio, están embrollados en él, como Estados Unidos con su 1% de súper ricos y 50 millones de pobres. No querer quedarse en el 99% restante ha impulsado la avaricia de los pocos que pueden lograrlo, como los ejecutivos en puestos corporativos asignándose salarios millonarios, pues aumentan producción y ganancias a costa de reducir empleos, salarios y beneficios para los trabajadores. Eso y sus ganancias especulativas llevaron a la crisis hipotecaria y bursátil en 2007. El mundo emula esto. En México, los diez hombres más ricos del país—todos en la lista de Forbes—poseen el equivalente al gasto de todas las familias mexicanas en tres meses, o a la producción total del país en poco más de un mes. 60% de los mexicanos son pobres.

Hace 25 años, el Hospital General de Marín ya pagaba más que otros hospitales a sus especialistas, pero no era suficiente para que éstos compraran vivienda y preferían trabajar en otro lugar, con menor salario, pero con casa. En West Marín, un área privilegiada, las viviendas disponibles para rentar o comprar a precios módicos no existen. Por ello, no todos sus habitantes pueden quedarse. Hay más fuereños que compran casas para descanso o negocio, pues quienes viven de un empleo modesto aquí no pueden pagar rentas y menos comprar casa en comunidades donde quizá han pasado gran parte de su vida. Agencias no lucrativas y gubernamentales tratan de solucionar esta situación, pero sus buenas intenciones se topan con la realidad avara del mercado, donde nadie que tiene algo quiere perder la oportunidad de obtener la mayor ganancia posible. 

En Stinson, Bolinas, Olema, Point Reyes, Inverness, Marshall, Tomales, Nicasio y demás, una queja creciente es la falta de vivienda asequible, con casas vacías donde de vez en cuando llegan ricos extraños que no se sienten parte de la comunidad. Con menos vivienda disponible y precios al alza, crece la deserción involuntaria de trabajadores de Marín hacia otras zonas relativamente cercanas, como los condados de Sonoma o Solano, desarraigando a la gente e incrementando los costos de viajar al trabajo en Marín y problemas de tránsito vehicular.

Quienes heredaron o aún pudieron comprar viviendas a precios razonables, prefieren rentar y vivir en otro lado más barato o rentar una parte—un estudio o un cuarto—a los altos precios del mercado, para moderar costos de hipoteca o de vida. Este círculo vicioso contradice las buenas intenciones de quienes no están de acuerdo con esta dinámica, pues nadie quiere menos por lo que puede costar más, sobre todo con la especulación legal capitalista, como la propiedad.

La democracia electoral estadunidense depende cada vez más del dinero que corporaciones y millonarios donan a las campañas, controlando política e información. Ni qué decir de los costos de educación superior, antes gratuitos o a bajo costo, ahora sólo al alcance de quienes pueden pagarla. El mal ejemplo cunde, la acumulación crece, la igualdad relativa desaparece y la calidad de vida se deteriora; ¿será posible cambiar esto pronto?

 

Victor Reyes is a Sonoma-based translator and teacher. An English-language version of this column will appear next week.