La cultura en palabras

02/20/2014

Al ver al niño entrando a su consultorio, la doctora sonrió a la madre diciéndole, “¡qué adorable…!” La señora no supo cómo responder; el español lleno de amabilidad, aunque falto de naturalidad de la rubia y joven doctora gringa la tomaron por sorpresa. Le extrañó la palabra “adorable” dirigida a su hijo; le sonó poco familiar. Sonrió tímidamente respondiendo al cumplido, mientras el niño se aferraba a sus piernas.

Para muchos latinos, el verbo adorar se relaciona con la religión. Se adora a santos, a la Virgen María o a Jesucristo. En inglés se traduciría como “worship.” Aunque “adorable” tiene sentido como lo usó la doctora, es poco común por su connotación religiosa. “Yo sólo quise decirle cute,” me dijo y preguntó: “¿Cómo se dice cute en español? En realidad no hay traducción exacta para “cute.” Cada país usa palabras distintas en situaciones similares con niños, animales, juguetes o incluso adultos, pero ninguna con el sentido de “cute.” 

En los contextos sociales de muchos inmigrantes en sus países, poco acostumbran comentar si un pequeño es “cute” o no. Simplemente dicen otra cosa o no dicen nada. Su comunicación verbal tiende a ser distinta, simple y a veces parca, a diferencia de los reducidos sectores sociales dominantes medios y altos de su país, que quieren parecerse a la amplia clase media estadunidense. Ellos sí dirían algo como “cute”. En México, sería “¡ay, qué lindo!” o “¡qué chistoso está!,” pero con las diferencias sociales que los separaran, una doctora mexicana sabría muy bien cómo y si hace ese comentario, según la situación y el nivel socioeconómico y racial de la madre y el niño.

Hay barreras de comunicación entre gringos e inmigrantes latinos por sus diferencias culturales, sobre todo si provienen de grupos sociales depauperados y abandonados. El idioma es la barrera más obvia, pero se nutre y expresa según el estilo y costumbres de vida de cada grupo social. A mayor pobreza y abandono, acceso limitado a educación, información y oportunidades de avance económico y social, menor expresividad y diversidad verbal. Además, la distancia cultural entre ricos y pobres crea actitudes de dominio y sumisión, con usos diferentes del idioma para relacionarse entre sí dentro y fuera del grupo. La imposibilidad de descifrar esas diferencias a través de un idioma desconocido, mantiene las barreras de entendimiento. Es decir, no siempre es suficiente hablar español o usar un traductor para comunicarse con un inmigrante.

Cuando un inmigrante pobre, acostumbrado a ser tratado y verse como inferior en su país por quienes parecen gringos en apariencia y costumbres, recibe aquí expresiones de respeto e igualdad aparente, puede sentir desconcierto e incomodidad. Confundido, sospecha del trato agradable e inesperado, sin entenderlo. Sorprendido y poco acostumbrado, no atina cómo reaccionar y responder a esa igualdad impuesta. Normalmente asiente y sonríe sin decir mucho. Aunque con el tiempo algunos aprenden las diferencias entre sus paisanos ricos y poderosos y los gringos aquí, siguen sintiéndose diferentes y distantes, pues están en territorio ajeno controlado por los gringos. Por su parte, éstos tampoco entienden esa reacción, esperando reciprocidad de ese trato pretendidamente igualitario, cuando los latinos no lo sienten así.

Aunque tengan buenos empleos y ganen bien, muchos inmigrantes sienten discriminación, maltrato e injusticias, porque no entienden un sistema que perciben ajeno, como en el trabajo cuando les piden puntualidad, asistencia y rendimiento para recibir un aumento o reportar si están enfermos; o pagar puntualmente servicios telefónicos o eléctricos que contrataron, pues en sus países abundan la informalidad y la inconsistencia. Además, poco entienden el sistema laboral y las reglas económico-sociales estadunidenses. Tienen diferentes percepciones de justicia e igualdad.

Pero además de diferencias culturales difícilmente comprensibles para el gringo medio, existen palabras similares en inglés y español que no se usan igual, aunque el diccionario diga que significan lo mismo. En las escuelas, por ejemplo, el “principal” trabaja en la “office,” cuando en las escuelas latinoamericanas el “director” trabaja en la “dirección.” No hay principal ni oficina.  La “library” no es librería—lugar donde venden libros—sino biblioteca. Los doctores o dentistas tienen “consultorios”, no “oficinas,” y atienden “pacientes,” no “clientes.” La lista es infinita.

El súper desarrollado sistema económico y social de este país, con actividades formales de tipo laboral, comercial, educativo, legal, médico, burocrático, de esparcimiento, etcétera, con frecuencia usa palabras similares a las existentes en español, pero de manera distinta; pues la infinita y compleja diversificación de actividades y la formalidad de ellas, difieren enormemente del subdesarrollo de los países de los inmigrantes latinos. Hay una gigantesca brecha entre sistemas culturales y de costumbres que impide una traducción inmediata y acertada, incluso para latinos con educación media que hablan inglés. Y no sólo de palabras específicas, sino de todo lo que una cultura expresa con o sin palabras y que no necesariamente tiene traducción en otra. Si acaso, una explicación no siempre comprensible.

 

Victor Reyes is a Sonoma-based translator and teacher. An English-language version of this column will appear next week.